viernes, 5 de septiembre de 2014

Imparable.

Cierra los ojos, respira profundamente y muérdete el labio inferior. Siente un impulso que te empuja hacía delante como una fuerte ráfaga en una tormenta, una bocanada de aire que revive. Un escalofrío recorre tu cuerpo, como si tratara de crear un camino desde tu cabeza hasta los dedos de los pies, sin olvidar esa cintura que volvería loca hasta a la persona más cuerda.  Calma, no olvida ningún centímetro de ti. Esas ganas incontrolables de olvidarte de todo cuanto te rodea y dejarte llevar como nunca lo has hecho, dejando de lado los porqués, las consecuencias y todo aquello que impida ese estímulo. Una tentación que va más allá de una mirada o una sonrisa, más allá del cielo, de las estrellas y de todo lo que puedas imaginar.
Ese “me muero de ganas”, esos nervios que hacen que las piernas tiemblen y recuerdas esa sensación de desvanecimiento, como la rama que cayó al suelo en el momento oportuno para que te abrazaras a ella. Suena a tontería, pero más de uno pondría la mano en el fuego cuando dicen que aquél semáforo pedía a gritos un beso. Era el escenario perfecto, la noche, la luna y un incansable ruido de coches y personas, pero todo ello estaba en un segundo plano. En sus cabezas sólo se escuchaba el deseo. 
Pasan los días pero no los nervios y cada día que pasa es una nueva tentación. El momento en que vuestras manos se rozaron por una milésima de segundo y sentiste que el corazón podía latir con más fuerza que nunca. 

No hay nada que pueda pararlo. 



¿Qué queda cuando los días no son más que días?

Existen muchos motivos por las que llorar, millones de circunstancias que duelen y que dan miedo. Pero también hay razones enormes para sonreír, cosas tan sencillas como un gesto, un detalle, una palabra, incluso una misma sonrisa. Que el dolor no es dolor si te abrazan fuerte, te tapan la herida y te ayudan a combatir tus miedos, porque al fin y al cabo no son más que miedos y tarde o temprano ganarás esa batalla.
Es difícil ser optimista cuando vivimos en un mundo en el que escupimos más mentiras que suspiros en un día. Desde que nacemos, todo son caídas, una detrás de otra.
Las ilusiones se rompen como el más fino cristal y las esperanzas se pierden en lo más profundo del mar. Cuando caemos, cuando pensamos que nada nos hará retomar nuestro camino, muchas veces tenemos una mano para ayudarnos a levantar. Una mano que nos impulsa a romper con todas las mentiras que salen de nuestras bocas, una mano que incita a suspirar por ella.

Sonríe, no hay nada más sencillo que sonreír. Puedes hacerlo por todo y por nada, pero si haz de hacerlo, hazlo por ti. Porque no hay nada que valga más que creer en uno mismo, que quererse más allá de todas las cosas y q q no olvidar nunca de valorarnos.

Si el dolor es interminable, sonríe.
Si los días pesan y no hay nada que cambie, sonríe.
Si todo es absurdo y ridículo, sonríe.
Si quieres llorar... Sonríe.
Porque tú eres el comienzo de tu propia felicidad.

Aquello no era lógico, era amor.

Aquello no era lógico, era amor.